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EMOCIONES Y RECUERDOS DE LA BICI

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Este relato se ha presentado a un concurso que sobre relatos en bici, se celebra en mi ciudad, no sé el resultado que llevará el mismo en el certamen, pero haciéndolo las emociones estuvieron presentes, así que lo comparto con vosotr@s, como otra bloguera @AntoniaAreval me animó.

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RECUERDOS Y EMOCIONES DE LA BICI

Como cuando vuelves a casa de tus padres y encuentras aquella caja de recuerdos, o bien subes al desván a buscar algo y entre cajas y aparatos que dejaron ya su uso aparece aquella caja secreta de tu infancia, así ahora siento que llegan los recuerdos y emociones de mi infancia y la bici.

Busco en mi saco de recuerdos y uno de  los que me llega es aquella primera bici que tuve, roja, con su asiento de los 70, de hierro,  de hecho corrían los 76-77, y yo tenía  siete años. Aquel regalo venía  con sus dos ruedines de hierro, esos artefactos que te proporcionaban una inicial seguridad.

Recuerdo la tienda, hoy desaparecida. El hombre que la atendía tendría en ese momento la edad de mi padre, entre 35 y 40 años y por supuesto era amigo, su amigo de  la infancia y esas cosas antes eran muy habituales en el pequeño comercio. Dentro de la tienda olor a material de goma y por las paredes bicis y bicis colgadas de colores, tamaños y características diferentes.

  • ¿Qué una bici para el chaval?. Preguntaba el dueño
  • Sí, que ya tiene edad para empezar. Contestaba mi padre.

Y de allí salí con mi primera bici y con otro estatus, ya tenía bici y por supuesto mi padre me iba a enseñar a montar en ese artilugio que me trasladaría hacia sitios insospechados.

El otro recuerdo es ese momento, o esos momentos,  en los que llegaba la hora de que mi padre me enseñara a andar en mi bici. Recuerdo que el momento era en sábado a la tarde, cuando mi padre libraba de conducir su camión. Coincidía cuando visitamos a su padre en la parte vieja de Miranda de Ebro, de donde soy.

Aquellos ruedines que te sujetaban y daban seguridad, eran sustituidos de repente por una voz y una sola mano, la de mi padre, que con una confianza y seguridad me trasladaba la tranquilidad de que iba a aprender y que no me iba a caer.

Tranquilo, confía y da a los pedales cuando yo te diga, hazme caso que no te vas a caer. Al momento mi vida cambiaba aquella hermosa bici, yo y mi padre formamos un equipo que comenzaba a rodar.

Y vaya si rodaba, al principio recuerdo que todo era movimiento y desequilibrio y sensación de que te vas a caer, pero cuando ibas a caer, zas, aparecí mi padre y te sujetaba, al principio claro, luego te caes, y te levantas y te vuelves a caer y a levantar como en la vida misma. Hasta que con aquella voz de padre que te da la confianza mayor del mundo te dice, dale, dale, no pares y cuando crees que todavía  la magia de su mano está sujetando tu sillín sigues pedaleando y te das cuenta de que vas solo y que andas, y andas y lo has conseguido y nadie puede saber lo feliz que eres en su momento y como tu padre celebra lo que ambos hemos conseguido.

Ahora hace tiempo que ya no está pero cuando he enseñado a mis hijos a andar con sus bicis, la magia de aquel momento ha aparecido para intentar también conseguir esa conexión y confianza de que una solo mano mantiene todo el equilibrio del mundo.

Gracias a mi padre por lo que me enseñó y gracias a la bici por lo que me aporto  y me aporta momentos de magia, confianza y de ilusión.

Además bien es sabido que estas enseñanzas son para siempre, cuantas veces he oído aquello de “ Esto es como aprender a andar en bici, nunca se olvida”.

RECUERDOS Y EMOCIONES DE LA BICI

Como cuando vuelves a casa de tus padres y encuentras aquella caja de recuerdos, o bien subes al desván a buscar algo y entre cajas y aparatos que dejaron ya su uso aparece aquella caja secreta de tu infancia, así ahora siento que llegan los recuerdos y emociones de mi infancia y la bici.

Busco en mi saco de recuerdos y uno de  los que me llega es aquella primera bici que tuve, roja, con su asiento de los 70, de hierro,  de hecho corrían los 76-77, y yo tenía  siete años. Aquel regalo venía  con sus dos ruedines de hierro, esos artefactos que te proporcionaban una inicial seguridad.

Recuerdo la tienda, hoy desaparecida. El hombre que la atendía tendría en ese momento la edad de mi padre, entre 35 y 40 años y por supuesto era amigo, su amigo de  la infancia y esas cosas antes eran muy habituales en el pequeño comercio. Dentro de la tienda olor a material de goma y por las paredes bicis y bicis colgadas de colores, tamaños y características diferentes.

  • ¿Qué una bici para el chaval?. Preguntaba el dueño
  • Sí, que ya tiene edad para empezar. Contestaba mi padre.

Y de allí salí con mi primera bici y con otro estatus, ya tenía bici y por supuesto mi padre me iba a enseñar a montar en ese artilugio que me trasladaría hacia sitios insospechados.

El otro recuerdo es ese momento, o esos momentos,  en los que llegaba la hora de que mi padre me enseñara a andar en mi bici. Recuerdo que el momento era en sábado a la tarde, cuando mi padre libraba de conducir su camión. Coincidía cuando visitamos a su padre en la parte vieja de Miranda de Ebro, de donde soy.

Aquellos ruedines que te sujetaban y daban seguridad, eran sustituidos de repente por una voz y una sola mano, la de mi padre, que con una confianza y seguridad me trasladaba la tranquilidad de que iba a aprender y que no me iba a caer.

Tranquilo, confía y da a los pedales cuando yo te diga, hazme caso que no te vas a caer. Al momento mi vida cambiaba aquella hermosa bici, yo y mi padre formamos un equipo que comenzaba a rodar.

Y vaya si rodaba, al principio recuerdo que todo era movimiento y desequilibrio y sensación de que te vas a caer, pero cuando ibas a caer, zas, aparecí mi padre y te sujetaba, al principio claro, luego te caes, y te levantas y te vuelves a caer y a levantar como en la vida misma. Hasta que con aquella voz de padre que te da la confianza mayor del mundo te dice, dale, dale, no pares y cuando crees que todavía  la magia de su mano está sujetando tu sillín sigues pedaleando y te das cuenta de que vas solo y que andas, y andas y lo has conseguido y nadie puede saber lo feliz que eres en su momento y como tu padre celebra lo que ambos hemos conseguido.

Ahora hace tiempo que ya no está pero cuando he enseñado a mis hijos a andar con sus bicis, la magia de aquel momento ha aparecido para intentar también conseguir esa conexión y confianza de que una solo mano mantiene todo el equilibrio del mundo.

Gracias a mi padre por lo que me enseñó y gracias a la bici por lo que me aporto  y me aporta momentos de magia, confianza y de ilusión.

Además bien es sabido que estas enseñanzas son para siempre, cuantas veces he oído aquello de “ Esto es como aprender a andar en bici, nunca se olvida”.

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